sábado, 2 de julio de 2011

Doble Filo: Homero T. Calderón / Columna / Jul 02

(Publicado en el Diario Tabasco Hoy)

Reloj, no marques las horas

Esta es una historia aproximada. Podría tener errores que le pido a usted –lector lectora- me sean disculpados. Es el relato de una historia muy vieja que leí en una revista de historietas, cuando en la ciudad de México abundaban los mejores artistas gráficos. Su servidor era un adolescente cuando la leyó.

De eso hacen más de 50 años. Cada semana, una editorial de la ciudad de México (Debe haber sido EDAR, de la familia De la Parra que cubría numeroso espacios en los miles de estanquillos donde cada semana encontraba uno esta clase de historias). La primera historia narrada y dibujada fue la de "Los Panchos", el mejor trío de México.

Una de las siguientes historias después de esa –no recuerdo la fecha de su aparición- fue la que contaba a un argumentista anónimo, Roberto Cantoral, uno de los compositores jóvenes en aquel tiempo –año de 1952- que procedente de Tampico, su tierra natal, llegó a la vieja ciudad de México "a triunfar", como se decía en aquellas épocas.

Usted recordará esos tiempos cuando la radiodifusora XEW, fundada por don Emilio Azcárraga Vidaurreta, era la catedral de los que tenían hambre de gloria, los que querían hacer carrera en el arte y la cantada. Hacia 1948, el joven Roberto Cantoral, llevando consigo una guitarra, hacía méritos en la Estación haciendo programas de "mantenimiento".

Pero por deseos de figurar, empezó "taloneando" en los bares de la capital.

La necesidad de destacar, de hacer méritos para colocarse como compositor y cantante, lo llevaron a irse de bracero a los Estados Unidos para ganarse el pan cotidiano. Cuenta la revista que Cantoral atracó sus naves en Main Street de Los Angeles, urbe plagada de mexicanos en busca de consumar el sueño americano.

En uno de esos bares de mala muerte, Cantoral trataba de que sus canciones penetraran en el alma de los parroquianos del antro. Luego de cantar para una docena de beodos, terminó su rutina y se encaminó hacia la barra para dialogar con el barman, cuando en eso, a escaso dos metros, una hermosa muchacha rubia de ojos intensamente azules pero tristes, se arrellanó en el asiento y pidió un Martini.

Cuanta Cantoral que era una mujer hermosa y sensual, de piel blanca como el armiño. Sus ojos miraban un punto indeterminado del antro. Cantoral cuanta que sintió un aguijonazo en la parte baja del plexo. Un hormigueo que nunca había sentido antes, desde que tuvo sus primeros amores con sus compañeras de la secundaria en Tampico, lo afectó.

Disimulada pero rápidamente, observó a la beldad a su lado. Iba enfundada en un hermoso vestido rojo de diseñador que realzaba un par de piernas espléndidas y unas caderas grandiosas.

De súbito, la hermosa rubia volteó hacia él. Sus labios intensamente rojos le obsequiaron una mínima pero prometedora sonrisa.

Roberto se sintió impactado. Un sudor inoportuno le brotó en la cara. La vida -¿o la suerte?- le obsequiaba en aquel momento una experiencia deliciosa. Algo más vino en su ayuda. Los metales de la orquesta empezaron a desgranar una melodía muy en boga en esos años: "Rosas Rojas para una Dama Triste".

Cantoral abordó sin mucha esperanza a la muchacha y la invitó a bailar. Fue –reconocía el compositor en su relato a la revista- un momento de éxtasis.

Suavemente la enlazó por la cintura y empezaron a danzar a los primeros acordes de la pieza. Ahí se atrevió a más el tampiqueño: le preguntó por su nombre.

Después de esa pieza y muchas más, Ligia, que así se llamaba la dama y Roberto salieron del antro y anduvieron por toda la calle Main. Sus labios se entrelazaron una y otra vez. Sus lenguas, hambrientas se enredaron en un piélago de orgasmos ausentes. Como pudieron, llegaron a una cama de hotel donde salvajemente, enredados hembra y macho en el placer placentero que representa el amor efímero, fugaz, trataban de ahorrar instantes en el tiempo.

Ella le dijo a su amante de ocasión que abordaría el primer avión que la repatriaría a su país, Argentina, o Colombia, no lo recuerdo bien. A eso de las 5 de la mañana, en una sala del aeropuerto de Los Ángeles, Cantoral despidió a un amor que –diría en su relato- le dejó marcada el alma para siempre.

Si guitarra habló por él. Ahí nació ese día "El Reloj". ¿La recuerda usted?: "Reloj, no marques las horas, Porque voy a enloquecer, Ella se irá para siempre, Cuando amanezca otra vez. Detén el tiempo en tus manos, Has esta noche perpetua, Para que nunca se vaya de mí, Para que nunca amanezca… Para que nunca amanezca… Para que nunca amanezca"…

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