jueves, 20 de agosto de 2015

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Luis Manuel Arellano Delgado

LUIS MANUEL ARELLANO DELGADO

Circuncisión y cuerpos imperfectos

Vivimos permanentemente acechados por nuestra propia especie. Desde el nacimiento, nuestros cuerpos enfrentan agresiones físicas, psicológicas y sociales de orígenes variados, muchas de las cuales podrían evitarse si no fuera por la fuerza de los usos y costumbres que determinan esa invasión sistemática sobre la integridad del individuo.
El eufemismo común para explicarnos por qué hacemos lo que hacemos, advierte que son nuestras tradiciones las que indican este proceder. Somos muy modernos frente a la ciencia y las tecnologías, pero guiamos muchas de nuestras decisiones por usanzas que vulneran los derechos humanos, particularmente de los niños o de aquellos cuya existencia germina con “diferencias”.
Si perdura es porque asimilamos viejas prácticas sociales sin ponernos a reflexionar sus consecuencias. 
La mutilación del cuerpo infantil tiene no solo en la ablación del clítoris una expresión de barbarie, también la extirpación del prepucio resulta una hosquedad inadmisible, que si perdura es porque asimilamos viejas prácticas sociales sin ponernos a reflexionar sus consecuencias. 
En el caso de los niños la hosquedad más común suele ser la circuncisión; práctica generalizada y aceptada socialmente, por la cual millones de hombres en grandes regiones del planeta han sido sometidos, obviamente sin su voluntad manifiesta.
En muchas sociedades la circuncisión se aplica por mandato religioso, particularmente de las tradiciones impuestas por ritos judeocristianos y musulmanes. Los excepcionales casos de sugerencia médica quedan silenciados frente la fuerza de esta tradición que no repara en el dolor infligido a los recién nacidos. Una invasión violenta a su anatomía que debería alertarnos bajo el principio de integridad que todo ser humano merece desarrollar para que, en su mayoría de edad, decida sobre su cuerpo lo que mejor le plazca.
En este proceso, la extirpación del prepucio ha creado una “estética” artificial del pene, como artificiales son los pectorales y brazos desarrollados en gimnasios con ayuda de esteroides y otros productos, a la que todo hombre tiene derecho, pero en el ámbito de su libre elección, más no de una imposición que los padres, médicos o guías religiosos le impongan, incluso por lo que falsamente se llaman “razones de salud”.
El exceso llega al grado de que constituye también un formidable negocio para algunas clínicas especializadas en esa absurda intervención quirúrgica. La siguiente es la argumentación con la cual una de esas unidades privadas de salud oferta sus servicios en México, más allá de una probable indicación médica:
La circuncisión también se puede realizar por cuestiones higiénicas, culturales o incluso estéticas. La principal ventaja de realizar la circuncisión de forma electiva es la capacidad que tiene en sí el procedimiento de disminuir en más del 90% el riesgo de enfermedades de transmisión sexual, disminuir el riesgo a casi nulo de desarrollar cáncer en pene, disminuir la posibilidad de infecciones de vía urinaria y de aparato genital y ayudar a la higiene adecuada del pene”.

No existe, evidentemente, ningún estudio que demuestre que el 90% de los hombres sin prepucio no adquieren infecciones de transmisión sexual, que tienen mejor higiene del pene comparados con los no circuncidados, ni que registran mínimos niveles de cáncer de pene o infecciones de vía urinaria. Es absurdo el argumento y sin embargo muchos padres de familia lo usan para aplicar esta costumbre en sus hijos. El otro endeble argumento sanitario ha crecido en la última década promovido por ONUSIDA, que recomienda esta barbarie contra el prepucio, a partir de un estudio lleno de muchos interrogantes, pero indicado como acción preventiva para evitar el VIH.
En uno de sus más celebrados ensayos, David Le Bretonseñaló:

el cuerpo es el sitio en el que es cuestionado el mundo”.

Vaya que le sobra razón. Sin embargo la marca corporal que puede generar esa disrupción necesita ser voluntaria para articular sus consecuencias. Por ello resulta criminal punzar, cortar o perforar la unidad que configura la proyección de un bebé o de un niño.
De hecho, me parece que el centro de atención no debería serlo la criatura intervenida sino sus padres, mentores o quienes hayan solicitado dichas medidas. Yo suscribo a Le Breton cuando advierte:

Toda distinción que separa a un hombre de sus semejantes es un indicio nefasto que provoca desconfianza”.

Pero hacia allá se encamina nuestra civilización, reconstruyendo cuerpos aunque también modificándolos sin la autorización o consentimiento informado de parte de los menores. En lo personal simpatizo con los cuerpos convertidos en ensayo, en tierra labrada para la experiencia infinita. Sin embargo me parece alarmante que se les cercene por “usos y costumbres”.
Siguiendo con nuestro autor agregaría que ciertamente en la actualidad el cuerpo es reconstruido por razones terapéuticas que casi no despiertan objeciones. En este contexto, --matiza el académico francés-- la alteración del cuerpo evoca en los imaginarios occidentales una revisión moral del sujeto, despertando con ello el fantasma de que nacemos en entidades imperfectas que resulta necesario corregir. Un libreto que aparece a lo largo de nuestra historia.

REFERENCIAS

  • Le Breton, David. “Adiós al cuerpo”, traducción de Ociel Flores Flores. La Cifra Editorial, 2007, México. 

@LuisManuelArell


Aclaración: El contenido mostrado es responsabilidad del autor y refleja su punto de vista.

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