martes, 9 de diciembre de 2014

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Entre la menopausia y el viagra

La nueva etapa debe ser oportunidad de recuperarse como mujer.
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Anna Bolena Meléndez 10/12/2014 00:00 / Publicado en el Diario Excélsior
Entre la menopausia y el viagra
Una mujer podrá olvidarse hasta de su nombre, pero rara vez olvida el día en que le llegó el periodo. Es posible que hoy en día, desarrollarse, como se le llama comúnmente, no sea tan traumático como le tocó a mi generación.
El estigma de pasar del corpiño al brasier se dejaba ver cuando alguna cruel compañerita —o compañerito— del colegio, se pasaba de lanza exponiendo una toalla escondida en los rincones más recónditos de la mochila.
Una vecina de pupitre faltó una semana completa al colegio cuando en un descuido apoteósico manchó el blanco uniforme con la rojez de su conversión en “mujercita”.  Otra, lloró como Magdalena, pues, un chico pesado se burló de ella al encontrarle un tampón entre el estuche de los colores.
Así las cosas, puede que hoy en día sea más fácil, pero estoy segura de que la llegada de nuestro amigo “el periodo” no se enfrenta con la naturalidad que debería.
Y no se me hace raro, pues con la misma falta de naturalidad con la que se enfrenta la regla, varias décadas después, se enfrenta su partida.
La mujer ha sido presa de su propia fertilidad y sistema reproductivo. Primero, porque se deja de ser niña y se comienza a ser hembra; y luego, porque se deja de ser hembra y se comienza a ser “vieja”, bueno, eso han dicho los que no tienen idea de lo que ser mujer significa.
“Viejas”, así se refieren a uno cuando suben los calores y se ausenta el dolor que cada 28 días se asila en nuestro vientre.  Una mujer que deja las toallas en las gavetas del olvido se convierte, ante los ojos de los “sementales” indultados sin importar su edad, en un despojo que ya no sirve, que se amarga y se ancha en su camino al detrimento.
Lo que es más triste es que las mismas mujeres nos permitamos caer en la teoría de que una vez que se deja de ser hembra reproductiva se comienza a ser un despojo humano. Eso sí, el día que un hombre deja de funcionar no le basta más que tomar una pastilla de viagra para ser nuevamente aceptado dentro del pull de hembras reproductoras.
Un viejo con una jovencita es digno de aplausos, un semental de posible billetera gorda y aceptación social que no se aflige ante la duda de si está empujando la carriola de sus nietos o la de un hijo tardío.
Una mujer con más experiencia que años es tachada de ridícula si osa meterse con un jovencito. Cougar, que les llaman a las aceleradas —según los vecinos— que después de viejas viruela, o tras de menopáusicas calenturientas.
De dónde sacaron que una mujer pierde su ímpetu sexual cuando llega la menopausia. Sí, hay cambios, pero todos esos cambios pueden ser fácilmente controlados y muchas hembras retiradas de las labores reproductivas, alegan tener más libido que cuando se tenía que cuidar de un embarazo a destiempo.
La moral y sus secuaces han señalado el camino hacia ser invisibles a las mujeres que llegan a esta etapa. Si no puedes ser madre entonces no eres mujer ¡vaya idiotez!
La menopausia se esconde tanto como se esconde un tampón en el estuche de una colegiala. La menopausia avergüenza a las mujeres que pasan por esa etapa y piensan, como mantra casi tatuado en el ADN de los cincuentas, que la “meno” es el principio del fin, sin darse cuenta de que es simplemente otro principio.
La nueva menopausia debe de ser la oportunidad de recuperarse como mujer, de sacudirse los empolvados decretos que han tildado a las hembras con un único y exclusivo fin reproductivo, de volver a disfrutarse en esa nueva etapa que no demarca el fin de la feminidad, sino la continuidad de ella.
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